viernes, 21 de marzo de 2014

jueves, 20 de marzo de 2014

Paciencia


Nada nutre más al amor que la paciencia.
Es la cualidad que nos ayuda a esperar, entender y tener esperanzas.
A veces parece quedar olvidada en un mundo que avanza a doble velocidad.

La paciencia significa mantener la serenidad y la contemplación frente a las desilusiones y los fracasos.
No obstante, queremos acción, queremos soluciones, queremos respuestas. Y queremos que lleguen inmediatamente. Esta filosofía es la responsable de juicios apresurados, que causan mucho dolor y desesperación innecesarios.

En el amor, las respuestas más importantes llevan tiempo, y ese tiempo debe estar lleno de esperanzas y vacío de presiones.

Muchos problemas son sólo sombras que generalmente desaparecen si se tiene paciencia.

Aquellos que realmente aman aprendieron a enfrentar los tiempos difíciles con alegría.

El premio más grande de la paciencia es el amor duradero.

© Autor: Leo Buscaglia

Despertador


Un Knocker-up (a veces conocido como knocker-upper, traducido al español “despertador”) fue una profesión en Inglaterra e Irlanda durante la Revolución Industrial y los años 1920, antes que los relojes despertadores fuesen asequibles. Este trabajo consistía en despertar a la gente para que pudieran llegar a tiempo a sus respectivos trabajos.

El knocker-up usaba una vara o palo corto para golpear en la puerta de las viviendas de sus clientes, o largo, generalmente hecho de bambú, para alcanzar ventanas o pisos altos. Algunos utilizaban una cerbatana. El pago era semanal, y el knocker-up no se retiraba de la vivienda sin estar seguro de que su cliente se había despertado.

Había grandes cantidades de personas haciendo este trabajo, especialmente en las grandes ciudades industriales como Manchester. Generalmente era realizado por hombres y mujeres ancianos, pero a veces los oficiales de policía se ganaban algún dinero extra realizando este trabajo durante sus rondas de madrugada.

Mary Smith y su hija Molly Moore utilizaban un tubo de goma que hacía de cerbatana mientras lanzando guisantes secos a las ventanas de sus clientes del East End de Londres. Se les pagaba unos céntimos por este trabajo y no dejaban una ventana hasta estar seguras de que su cliente había despertado. La hija de Mary Smith, Molly, se cree que fue la última Knocker-up de Inglaterra.

(Fotografía de John Topham, 1931, del libro de Philip Davies Lost London: 1870 – 1945)

No dejes que tus victorias suban a la cabeza o tus fracasos vayan al corazón

Desconocido

miércoles, 19 de marzo de 2014

Lo importante



Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros

Sartre

martes, 18 de marzo de 2014

Límites


Ponerle límites al amor no significa ponerle límites al sentimiento
Que el amor a veces necesita límites es obvio para la mayoría de los profesionales de la salud mental. Los terapeutas sabemos que el afecto interpersonal de pareja puede resultar altamente nocivo si la entrega es incondicional y el “ser para uno” se convierte de manera excluyente en un “ser para el otro” (Simone de Beauvoir) No importa la explicación subyacente: la autodestrucción del yo, es patología. Porque es claro que cualquier tipo de altruismo puede llevarse a cabo sin negar el self, sin ser indigno y sin negociar con los principios. Insito: no importa qué digan los adictos al romanticismo, el amor no lo justifica todo y tampoco es necesariamente un motivo obligado de realización personal. Por ejemplo, la soltería o la soledad afectiva son una elección tan válida como cualquier otra.

No estoy en contra del amor en general, eso sería estúpido, porque tal como sostienen las nuevas teorías de la evolución, el amor al prójimo y a los hijos cumple una función adaptativa para la especie. A lo que me refiero es el amor irracional, el que se mantiene testarudamente cuando no somos correspondidos, cuando vemos bloqueada la autorrealización personal y/o cuando se violan nuestros códigos morales.

Existe una dimensión ética del amor que se cruza con la autoestima y nos obliga a pensar el amor que sentimos, a revisar la relación y a preguntarnos si el sufrimiento realmente tiene algún motivo razonable.

Ponerle límites al amor no significa ponerle límites al sentimiento, sino al acto compulsivo de seguir aferrado a un vínculo cuyo costo es la integridad física o psicológica.
Nadie puede “decidir” sobre el enamoramiento y la química de la atracción (o quizás muy pocos), la voluntad a la cual apelo no es “dejar de sentir” sino “dejar de estar” donde se nos lastima, así nos duela, así pensemos que la vida se acaba.

El amor no solamente es emoción, también es Philia (amistad) y Ágape (compasión). El amor no sólo se siente, también se piensa y también se asume en el dolor ajeno, por eso siempre hay un espacio para la razón en el intercambio amoroso.

Con el amor pasional no basta. Se necesita un amor que además de murciélagos en el estómago, sea justo, ético y digno, porque el amor sentimental, per se, no conlleva estas virtudes.
Eros es concupiscente, el que manda es el apetito, la dosis diaria o semanal. Quizás el amor universal o un amor tipo Madre Teresa sigan otro curso, pero para los que no somos santos ni iluminados, el amor de pareja es un acto crudamente humano.

Alguien podría decir que si hay explotación, maltrato o indiferencia no estaríamos ante un “amor verdadero”. Yo cambiaría la palabra “verdadero” por “saludable”, más bien estaríamos frente a un amor enfermizo, contrahecho, incompleto o desbordado. 

Un amor que no se acopla a las definiciones idealizadas, a los conceptos espirituales tradicionales o las exigencia poéticas, y que sin embargo se hace manifiesto en la vida cotidiana. Por eso la sabiduría afectiva debe ser práctica y concreta: evaluar si la relación en la que estamos (amor incluído), desde el punto de vista psicológico, nos libera o esclaviza.

La afirmación: “Te amo, pero te dejo”, es una mezcla entre liberación y realismo afectivo.

Walter Riso